La ciudad y la gente

Elogio del tope

Por Hortensia Moreno / Diario Monitor
Ciudad de México
Martes 25 Mayo, 2004

Según cuenta una leyenda urbana, después del tercer atropellamiento de un menor en uno de los barrios residenciales de la ciudad holandesa de Deft —y dada la pasividad de las autoridades correspondientes—, los/as vecinos/as, provistos de picos y de palas, organizaron una acción nocturna destinada a reconstruir la calle según un nuevo concepto que luego sería denominado woonerf [patio residencial], el cual no impide (como lo hacen muchas rejas ilegales en nuestra ciudad) el tránsito, sino que lo vuelve lento.

Cuando las autoridades quisieron —con excavadoras y poli-cías— devolver la calle a su forma original, la gente protegió su obra y terminó por demostrar su utilidad. Todos los elementos del diseño convencional de la calle (árboles y otros obstáculos, trayectorias sinuosas, cursos de agua y topes, pavimentos de textura y color diferente, confusión entre aceras y calzada) fueron trastocados para evitar el paso veloz de los vehículos y posibilitar la prioridad de los peatones y hasta el juego de los/as niños/as en la calle.

Las mismas ideas, probadas luego de manera oficial, dieron lugar, en 1976, a una normativa a la que se debían acoger las áreas residenciales que desearan rediseñar sus calles a la manera woonerf. A partir de entonces, la expansión del concepto en otros países y su adaptación a otras circunstancias urbanas y de tráfico no se ha detenido.

La intención de contener el tránsito de vehículos automotores y de aumentar la seguridad en las calles se ha repetido, sin una inicial conexión, en diversas partes del orbe. En todas las ciudades dominadas por el automóvil particular existen movimientos de resistencia, más o menos conscientes de sí mismos, cuya principal finalidad es reducir la invasión de esos artefactos en todos los ámbitos de la vida social.

En la Ciudad de México pareciera que la única defensa eficaz para los peatones es la extendida, tal vez caótica y ciertamente pintoresca presencia del tope. Odiado por las personas que manejan, el tope significa la posibilidad física de frenar durante unos segundos a los/as siempre apresurados/as automovilistas. Su necesidad es tan imperiosa que existen zonas de la ciudad donde se pone un tope en la misma esquina donde ya hay un semáforo, lo cual habla de la escasísima eficacia compulsiva de las luces: hay puntos de la Ciudad de México donde quienes manejan simplemente no le hacen caso ni a los altos ni a ninguna indicación vial.

Pero ¿qué tal a los topes? Esa amenaza en contra de la integridad del automóvil impone una disminución inevitable de la velocidad. Hay unos topes tan bonitos en la Ciudad de México que inclusive obligan a todo vehículo a hacer un alto total. Pausa suficiente para atravesar una calle sin tener que echar carreras.

Todo parece indicar que los muelles del coche son mucho más caros a los/as automovilistas que cualquier otra consideración cívica o de simple urbanidad. En un ambiente donde las “cebras” (esas rayas de color amarillo y blanco pintadas en el pavimento de las esquinas para indicar las “zonas peatonales”) brillan por su ausencia y sus remanentes no merecen ningún respeto, la única medida realmente funcional es la indiscriminada distribución de topes por todas las calles.

Desde luego, los/as automovilistas los maldicen. Existe inclusive el “razonamiento” de que los topes producen embotellamientos, generan más contaminación y gastan mucha gasolina. Lo cual sólo confirma que el mundo se ve de manera muy diferente a través del parabrisas que desde el nivel de la calle. Quien maneja se imagina una ciudad ideal —como las que sólo ocurren en los anuncios de coches— en la que puede circular sin obstáculo alguno a toda la velocidad que den sus desbocados caballos de fuerza. Sin embargo, los topes también protegen a quien maneja, porque nadie —en su sano juicio— desea atropellar ya no digamos a una persona, ni siquiera a un perro, y en el momento en que se baja del coche, el/la audaz automovilista es un ser humano tan civilizado y amable como el que más.

Lo cierto es que, en las colonias residenciales donde abundan los topes, hay menos atropellamientos. Hay menos perros y gatos masacrados en aras de la velocidad. Circulan menos coches —porque un/a automovilista con prisa preferirá irse a embotellar a una vía sin topes— y las bicicletas ruedan con un poquito más de seguridad. En resumen, los topes vuelven nuestra vida un poco menos desagradable.

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